martes, 23 de diciembre de 2014

El éxito está sobrevalorado

Me encanta hacer balance porque es una manera de recordar que nuestro tiempo es circular, que nuestra naturaleza es cíclica; que somos naturaleza que se desnuda y brota, que muere y se recicla constantemente. Sin duda lo que me nutre son los momentos compartidos, ya que de algún modo sé que estoy aquí para compartir. Prácticamente la mitad de este año compartí mi tiempo y mi hogar con A., un niño de 13 años que acogí junto a Zoe. Ya no está junto a nosotras pero estos días rondan los recuerdos, siempre con una sonrisa a pesar de las dificultades y a pesar de que no fue posible que A. se quedase a formar parte de nuestra familia. Y es que a veces dejarse la piel no es suficiente.

Fueron muchas las causas por las que finalmente se decidió que A. continuara su vida en un centro. Seguramente con algunas no estoy de acuerdo...pero aprendí que eso no era lo importante. Las dos primeras semanas sin él en casa fueron duras. Hacía tiempo que no recordaba una tristeza tan profunda, no podía dejar de pensar cómo estaría él pasado esos días. Desde la distancia le enviaba todo el amor que no pudo recibir. También vinieron a visitarme uno por uno todos mis fantasmas.

El primero es recurrente: "Es que te metes en unos líos..."Es bastante común que este fantasma tome forma en tiempos en los que la comodidad, que hoy se nos tambalea, es un valor tan preciado. Le di la bienvenida: "Te estaba esperando". Aún así mi cabeza dio mil vueltas sobre los "líos" en los que me meto y estoy dispuesta a meterme. Menos mal que un compañero y amigo sujetó mi mano con firmeza y me dijo: "Sonia, la vida está para complicársela". Esta afirmación que puede parecer absurda me ayudó a descansar, a permitirme ser quien soy y sentirme bien con ello.

Del segundo ya he hablado: "Estás loca". La verdad es que le esperaba, pero me acojonó. En el balance de fin de año me descojono, así que sin problemas. Aunque meta sus sustos este fantasma y yo convivimos bastante bien.

Fueron pasando muchos esas largas noches: la culpa, la exigencia... Pero el que me hizo temblar de verdad fue el FRACASO. Porque sinceramente me hubiera gustado poder contaros hoy que todo fue "bien", que A. superó sus dificultades y pudo continuar convivendo con nosotras; que lo conseguimos. No fue así. El fracaso me dejó helada en breves pero constantes asaltos y solo me salvaba el sol que brillaba en el norte esos días.

La tercera mañana sin A. me desperté tarde, ya que me costaba dormir por la noche. Bajé las escaleras, abrí la puerta de casa y el sol brillaba de nuevo. Menos mal...porque mi corazón seguía helado. Me propuse cuidarme, prepararme el desayuno lentamente y salir a disfrutarlo al sol. Todo el mundo debería saber que el fantasma del fracaso se crece en los ritmos rápidos. Cuando tenía la bandeja preparada con todo lo necesario para las mañanas tristes y algún capricho más sonó el teléfono. Una amiga necesitaba mi ayuda. Dudé un segundo: si no tienes ni para ti...qué vas a dar. Al siguiente segundo estaba metiendo el café en un termo para ir a su casa. Llegué en pijama. Al volver a casa me hice otro café aunque ya había pasado casi la hora de comer y me senté en el balcón donde tenía previsto desayunar. Enfrente vi el huerto. Y entonces dije en alto la frase que ahuyentó al fantasma: "El éxito está sobrevalorado". El éxito entendido como que las cosas salgan como nosotros queríamos que salieran, como socialmente está mejor considerado, etc.

¿Y por qué el huerto? Porque los que dedicamos nuestra vida a acompañar a otros sabemos que nuestra labor es sembrar. Y  especialmente con aquellos que han sufrido abandono, rechazo, humillación, injusticia...en la infancia. Puede resultar duro saber que va a ser muy difícil que tú recojas el fruto, que a veces vas a plantar semillas en una tierra en la que no pueden germinar, o que no van a tener el agua y la luz suficiente. Pero tu tarea es sembrar. Y el éxito es no es lo que recoges, sino aquello que siembras. Todo estaba bien, yo había dado lo que tenía.

Es posible que nunca sepa cómo nos recordará A. , ni si en algún momento le será útil la experiencia que tuvo con nosotras. Nos cuentan que siempre nos recuerda con una sonrisa...como nosotras a él. Así que salió bien.

Las puertas de mi casa y de mi corazón siguen abiertas. En parte gracias a todos los que me abrazasteis esos días fríos.


                                         Abrazo capturado por Ojos Cromáticos.





domingo, 6 de julio de 2014

Haga el favor de quitarse del medio


Hace ya tiempo que dejé de arreglar el mundo en los bares y comencé a hacerlo en mi domicilio. Hace tiempo aprendí que no puedo exigir a nadie lo que yo no estoy dispuesta a dar.  Dejaron de interesarme los datos y cifras de corrupción de los políticos y comencé a reconocer qué cota de corrupción hay en mi vida. Hace tiempo comprendí que una mano vale más que mil pancartas y que el mundo no lo cambian líderes ni teorías. No fue fácil asumir que nos tocaba a ti y a mi; con nuestras propias manos, con nuestro propio tiempo, con esta vida regalada.

Sí, me costó entender para qué estábamos aquí; o más bien qué es aquello que hace esta vida plena. En esa búsqueda compré todos los vuelos de bajo coste.  Vagabundeé por ciudades y sus jardines botánicos; inventé islas infinitas. Tuve muchos amantes; con algunos rocé la eternidad solo por unas cuantas horas de madrugada. Desayuné sola; eso sí - que desayunar siempre me pareció un acto muy íntimo- en todos los bares por los que me sentí llamada. A veces fue necesario un segundo desayuno para poder seguir  viviendo. Por supuesto me tatué, me hice un piercing, fui a festivales, llevé en mi camiseta todos los mensajes que hoy me susurro por la mañana, milité, fui a terapia (3 años), estudié la mente humana, medité, practiqué yoga, chi kung, encendí velas, quemé papeles, me casé, di clase, enseñé a los demás las lecciones que necesitaba aprender…  Bebí mucha cerveza…No fui a la India…quizás porque todos los caminos me fueron llevando de vuelta a casa. Y fue allí, en la terraza de mi ático, donde me di cuenta de que  después de todo, solo quedábamos tú y yo; nuestras manos. Comencé a hacer las maletas. Si hay algo en lo que soy experta es en empezar de nuevo.

Cada uno sabe de sobra lo que puede hacer con sus manos; o más bien para qué están hechas. Y si no lo sabe solo es cuestión de mirárselas.  Mis manos están hechas para acompañar historias de abandono, de rechazo, de incomprensión… Y si alguna vez has pasado un rato al lado de mi chimenea o has paseado conmigo hoy puedes comprender tú necesidad de hablarme de la tuya. El momento fue llegando. Llamó a la puerta.  No, no llamó a la puerta del Congreso, ni del Senado, ni de los responsables de las instituciones competentes;  llamó a la de mi domicilio.

¿Que si tuve miedo? Mucho.

¿Qué si pensé en esto y en lo otro, y en lo de más allá? Buuuuffff…te sorprendería la capacidad de verborrea de mi mente.

¿Que lo bien que podría estar yo…? Ya te cuento. Seguro que Ryanair vuela ahora a una isla nueva.

¿Te lo has pensado bien? Por supuesto que no.  Hay cosas que se hacen más allá de uno mismo. Son esas las que cambiarán el mundo.

Acogí a A., con 13 años y una de esas historias escalofriantes en mi domicilio. Le di mi vida, mi tiempo.  Dos meses después no sé si será suficiente para reparar el daño que ha sufrido. Lo que sí sé es que se abrió una puerta. Estos días han sido duros, cansados…me han acechado mil fantasmas, dudas, inseguridades. ¿Qué ha sido lo más difícil? No ha sido acompañar a alguien que necesita expresar su rabia hacia un mundo que nunca le tendió una mano, tampoco ha sido que mi hija comprendiera la situación, ni las horas sin dormir, ni los golpes y los gritos. Lo más difícil ha sido escuchar “estás loca”, “cómo se te ocurre meterte en esos líos”, “con lo bien qué estarías tú…” Prefiero no seguir relatando y dejarlo en un largo etcétera. Respeto a los que no quieren mirarse las manos, respeto profundamente a los que no saben ni que las tienen y a los que se empeñan en pedir a otros que usen las suyas. Respeto a los que gritan solidaridad y justicia en las calles, a los que las cantan, a los que las llevan en la camiseta, a los que las sueñan y a los que se las beben una cerveza tras otra. “Disculpe si mis actos mueven su conciencia y haga el favor de quitarse del medio. Estoy cansada. Gracias.” Y es que quitarse del medio es sin duda la clave...

¿Lo que ha sido más útil? Todos aquellos que se han presentado en mi domicilio para unir la fuerza de sus manos a las mías. Un GRACIAS se quedará siempre pequeño.
Menos mal que en la serenidad de mi íntimo desayuno escucho: "Menos mal que hay unos pocos locos; son urgentes este tipo de locuras. Continúa". Menos mal que tu locura me acompaña mientras me sirvo el segundo desayuno.

lunes, 14 de abril de 2014

Tenía tanto miedo de que te fueras
que no escuché la puerta cuando te marchaste
Era tan grande el miedo,
que tu llegada
solo anunciaba ausencia

...

Tenía tanto miedo de que te fueras
que al final
fui yo la que no estaba