domingo, 6 de julio de 2014

Haga el favor de quitarse del medio


Hace ya tiempo que dejé de arreglar el mundo en los bares y comencé a hacerlo en mi domicilio. Hace tiempo aprendí que no puedo exigir a nadie lo que yo no estoy dispuesta a dar.  Dejaron de interesarme los datos y cifras de corrupción de los políticos y comencé a reconocer qué cota de corrupción hay en mi vida. Hace tiempo comprendí que una mano vale más que mil pancartas y que el mundo no lo cambian líderes ni teorías. No fue fácil asumir que nos tocaba a ti y a mi; con nuestras propias manos, con nuestro propio tiempo, con esta vida regalada.

Sí, me costó entender para qué estábamos aquí; o más bien qué es aquello que hace esta vida plena. En esa búsqueda compré todos los vuelos de bajo coste.  Vagabundeé por ciudades y sus jardines botánicos; inventé islas infinitas. Tuve muchos amantes; con algunos rocé la eternidad solo por unas cuantas horas de madrugada. Desayuné sola; eso sí - que desayunar siempre me pareció un acto muy íntimo- en todos los bares por los que me sentí llamada. A veces fue necesario un segundo desayuno para poder seguir  viviendo. Por supuesto me tatué, me hice un piercing, fui a festivales, llevé en mi camiseta todos los mensajes que hoy me susurro por la mañana, milité, fui a terapia (3 años), estudié la mente humana, medité, practiqué yoga, chi kung, encendí velas, quemé papeles, me casé, di clase, enseñé a los demás las lecciones que necesitaba aprender…  Bebí mucha cerveza…No fui a la India…quizás porque todos los caminos me fueron llevando de vuelta a casa. Y fue allí, en la terraza de mi ático, donde me di cuenta de que  después de todo, solo quedábamos tú y yo; nuestras manos. Comencé a hacer las maletas. Si hay algo en lo que soy experta es en empezar de nuevo.

Cada uno sabe de sobra lo que puede hacer con sus manos; o más bien para qué están hechas. Y si no lo sabe solo es cuestión de mirárselas.  Mis manos están hechas para acompañar historias de abandono, de rechazo, de incomprensión… Y si alguna vez has pasado un rato al lado de mi chimenea o has paseado conmigo hoy puedes comprender tú necesidad de hablarme de la tuya. El momento fue llegando. Llamó a la puerta.  No, no llamó a la puerta del Congreso, ni del Senado, ni de los responsables de las instituciones competentes;  llamó a la de mi domicilio.

¿Que si tuve miedo? Mucho.

¿Qué si pensé en esto y en lo otro, y en lo de más allá? Buuuuffff…te sorprendería la capacidad de verborrea de mi mente.

¿Que lo bien que podría estar yo…? Ya te cuento. Seguro que Ryanair vuela ahora a una isla nueva.

¿Te lo has pensado bien? Por supuesto que no.  Hay cosas que se hacen más allá de uno mismo. Son esas las que cambiarán el mundo.

Acogí a A., con 13 años y una de esas historias escalofriantes en mi domicilio. Le di mi vida, mi tiempo.  Dos meses después no sé si será suficiente para reparar el daño que ha sufrido. Lo que sí sé es que se abrió una puerta. Estos días han sido duros, cansados…me han acechado mil fantasmas, dudas, inseguridades. ¿Qué ha sido lo más difícil? No ha sido acompañar a alguien que necesita expresar su rabia hacia un mundo que nunca le tendió una mano, tampoco ha sido que mi hija comprendiera la situación, ni las horas sin dormir, ni los golpes y los gritos. Lo más difícil ha sido escuchar “estás loca”, “cómo se te ocurre meterte en esos líos”, “con lo bien qué estarías tú…” Prefiero no seguir relatando y dejarlo en un largo etcétera. Respeto a los que no quieren mirarse las manos, respeto profundamente a los que no saben ni que las tienen y a los que se empeñan en pedir a otros que usen las suyas. Respeto a los que gritan solidaridad y justicia en las calles, a los que las cantan, a los que las llevan en la camiseta, a los que las sueñan y a los que se las beben una cerveza tras otra. “Disculpe si mis actos mueven su conciencia y haga el favor de quitarse del medio. Estoy cansada. Gracias.” Y es que quitarse del medio es sin duda la clave...

¿Lo que ha sido más útil? Todos aquellos que se han presentado en mi domicilio para unir la fuerza de sus manos a las mías. Un GRACIAS se quedará siempre pequeño.
Menos mal que en la serenidad de mi íntimo desayuno escucho: "Menos mal que hay unos pocos locos; son urgentes este tipo de locuras. Continúa". Menos mal que tu locura me acompaña mientras me sirvo el segundo desayuno.