Hace ya
tiempo que dejé de arreglar el mundo en los bares y comencé a hacerlo en mi
domicilio. Hace tiempo aprendí que no puedo exigir a nadie lo que yo no estoy
dispuesta a dar. Dejaron de interesarme
los datos y cifras de corrupción de los políticos y comencé a reconocer qué
cota de corrupción hay en mi vida. Hace tiempo comprendí que una mano vale más
que mil pancartas y que el mundo no lo cambian líderes ni teorías. No fue fácil
asumir que nos tocaba a ti y a mi; con nuestras propias manos, con nuestro propio
tiempo, con esta vida regalada.
Sí, me
costó entender para qué estábamos aquí; o más bien qué es aquello que hace esta
vida plena. En esa búsqueda compré todos los vuelos de bajo coste. Vagabundeé por ciudades y sus jardines
botánicos; inventé islas infinitas. Tuve muchos amantes; con algunos rocé la
eternidad solo por unas cuantas horas de madrugada. Desayuné sola; eso sí - que
desayunar siempre me pareció un acto muy íntimo- en todos los bares por los que
me sentí llamada. A veces fue necesario un segundo desayuno para poder seguir viviendo. Por supuesto me tatué, me hice un
piercing, fui a festivales, llevé en mi camiseta todos los mensajes que hoy me
susurro por la mañana, milité, fui a terapia (3 años), estudié la mente humana,
medité, practiqué yoga, chi kung, encendí velas, quemé papeles, me casé, di
clase, enseñé a los demás las lecciones que necesitaba aprender… Bebí mucha cerveza…No fui a la India…quizás
porque todos los caminos me fueron llevando de vuelta a casa. Y fue allí, en la
terraza de mi ático, donde me di cuenta de que después de todo, solo quedábamos tú y yo;
nuestras manos. Comencé a hacer las maletas. Si hay algo en lo que soy experta
es en empezar de nuevo.
Cada
uno sabe de sobra lo que puede hacer con sus manos; o más bien para qué están
hechas. Y si no lo sabe solo es cuestión de mirárselas. Mis manos están hechas para acompañar
historias de abandono, de rechazo, de incomprensión… Y si alguna vez has pasado
un rato al lado de mi chimenea o has paseado conmigo hoy puedes comprender tú
necesidad de hablarme de la tuya. El momento fue llegando. Llamó a la puerta. No, no llamó a la puerta del Congreso, ni del
Senado, ni de los responsables de las instituciones competentes; llamó a la de mi domicilio.
¿Que si
tuve miedo? Mucho.
¿Qué si
pensé en esto y en lo otro, y en lo de más allá? Buuuuffff…te sorprendería la
capacidad de verborrea de mi mente.
¿Que lo
bien que podría estar yo…? Ya te cuento. Seguro que Ryanair vuela ahora a una
isla nueva.
¿Te lo
has pensado bien? Por supuesto que no. Hay
cosas que se hacen más allá de uno mismo. Son esas las que cambiarán el mundo.
Acogí a
A., con 13 años y una de esas historias escalofriantes en mi domicilio. Le di
mi vida, mi tiempo. Dos meses después no
sé si será suficiente para reparar el daño que ha sufrido. Lo que sí sé es que
se abrió una puerta. Estos días han sido duros, cansados…me han acechado mil
fantasmas, dudas, inseguridades. ¿Qué ha sido lo más difícil? No ha sido
acompañar a alguien que necesita expresar su rabia hacia un mundo que nunca le
tendió una mano, tampoco ha sido que mi hija comprendiera la situación, ni las
horas sin dormir, ni los golpes y los gritos. Lo más difícil ha sido escuchar “estás
loca”, “cómo se te ocurre meterte en esos líos”, “con lo bien qué estarías tú…”
Prefiero no seguir relatando y dejarlo en un largo etcétera. Respeto a los que
no quieren mirarse las manos, respeto profundamente a los que no saben ni que
las tienen y a los que se empeñan en pedir a otros que usen las suyas. Respeto
a los que gritan solidaridad y justicia en las calles, a los que las cantan, a
los que las llevan en la camiseta, a los que las sueñan y a los que se las
beben una cerveza tras otra. “Disculpe si mis actos mueven su conciencia y haga
el favor de quitarse del medio. Estoy cansada. Gracias.” Y es que quitarse del medio es sin duda la clave...
¿Lo que
ha sido más útil? Todos aquellos que se han presentado en mi domicilio para
unir la fuerza de sus manos a las mías. Un GRACIAS se quedará siempre pequeño.
Menos mal que en la serenidad de mi íntimo desayuno escucho: "Menos mal que hay unos pocos locos; son urgentes este tipo de locuras. Continúa". Menos mal que tu locura me acompaña mientras me sirvo el segundo desayuno.
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